Plenitud con Cristo.

 Una oficina de cuatro paredes blancas adornada con libros, reconocimientos y un lindo piano. Al entrar lo primero que veo es al padre Felipe de Jesús Sánchez Gallegos recargado en una silla de escritorio. Un hombre de alta estatura, un rostro muy cálido, de ojos azules, tez blanca, cabello canoso, vestido con sotana. Haciendo una seña con su mano me pide que tome asiento enfrente del escritorio, para comenzar a contarme su historia y llamado al servicio sacerdotal.

En la mesa se encontraba una taza de café junto a la computadora. Observo al padre mientras me sonríe, “Soy Felipe de Jesús Sánchez Gallegos de Durango nací en el año 1963, hermano de ocho, mis padres Genaro Sánchez y Consuelo Gallegos. Desde pequeño me inculcaron asistir a misa y me educaron con valores cristianos. Al ser una familia numerosa vivíamos del día a día, al trabajar mi padre en el campo era complicado ganar dinero, por eso trabajaba a la edad de 7 años vendiendo fruta para apoyar en esa cuestión”.

Cruzándose de brazos explica cómo su madre le contó que a la edad de tres años jugaba a las escondidas con su amigo imaginario “Jesús”. También Sánchez Gallegos recuerda que le gustaba llevar a sus amigos al santuario que se encontraba cerca de su colonia para invitarlos a rezar. “Quién diría que en 1986 concluiría mi vida consagrada con Dios y al servicio. No fue fácil el decidirme ir a Monterrey para terminar mi sacerdocio y estudios en teología. Se complicó porque buscaba una mejor vida. En el proceso fallecieron mis padres que me apoyaban incondicionalmente, pero las ganas de entrega y fe nunca me hicieron desistir”.

También indica que la escuela le ha gustado desde niño en su colegio se sentía en verdadera familia. “La escuela no sólo nos amplía a una dimensión intelectual, sino también humana, debemos predicar con esmero las virtudes humanas: la lealtad, el respeto, la fidelidad y compromiso”, el padre hace gran hincapié en la lectura.

Suspirando mientras se acomoda en su asiento comenta lo que es servir a Dios “Todos creen que se elegí el servir a Dios como se ejerce una carrera o un oficio, cuando siempre es Dios quien nos elige y es quien nos llama. Mi llamado con Dios comenzó después de haber terminado la secundaria. Al salir de mi cuarto sentí una voz interior que me decía ¡hazlo¡, por eso ingresé al seminario menor en 1980”.

Cuando tomé la decisión de ingresar al seminario, escuchaba en mi interior con mayor claridad el grito, tantas veces silencioso y silenciado, de nuestras pobres víctimas de abuso de poder, conciencia sexual por parte del mundo, que existe en tiempos de sufrimiento, era lo que me inspiraba. Cuando era seminarista recuerdo que mis compañeros y yo decíamos “Tenemos que llegar a ser sacerdotes, Pendejo el que se raje” eran nuestras palabras de aliento.

Felipe con gran entusiasmo: “No es algo que nosotros hayamos escogido, aunque así lo parezca, es Él quien hace las cosas, siempre y cuando se meta en nuestra alma. No importa quien seas ni las barbaridades que hayas hecho, en tu vida anterior al encuentro con Él. Nos transforma con su amor y nos convierte en instrumentos suyos para la redención. Sólo nos pide que seamos dóciles a Él”.

Estirándose sus brazos añade sobre su primera designación a la parroquia que fue en San Luis Villa Corona, Durango. “Tuve mucho trabajo por hacer, al estar en un rancho donde poca era la gente que creía en Dios. Me encontraba en una situación donde los Narcos de ese lugar se burlaban de mí. Incluso llegaron a amenazarme de muerte. Los invitaba a asistir misa para que sólo escucharan la palabra de Dios. Como vieron que siempre trataba de predicarles, optaron por darle una oportunidad a Cristo y poco a poco logre entrar en sus corazones. Ayudaron hacer más grande la capilla, y cada vez que podían estaban en misa los domingos.”

Mientras se acomoda su reloj el padre platica, cómo después regresó a Monterrey en 2014 y fue asignado a la parroquia Santa María Goretti, donde comenzó su más grande sueño. Lamentablemente un indigente fue encontrado sin vida a las afueras de la iglesia, eso fue lo que hizo concientizar para fundar el albergue Casa Indi. Actualmente se atiende aproximadamente a 450 varones donde pueden dormir y tomar sus alimentos en el Comedor Comunitario Padre Roberto Infante. El comedor de los pobres está abierto a todo el público, el único requisito para entrar es tener hambre. El padre a los ochos años de la fundación de Casa Indi, sigue por esmerarse a darle de comer y donde dormir a tanta gente migrante, ya que aún queda mucho por hacer. Con su proyecto12 Apóstoles, 72 Discípulos y 7 Diáconos” se busca el crecimiento de espacio para ofrecer talleres de artes y oficios. A él le gusta mucho el futbol y su equipo favorito es Tigres. Asiste a clases de piano, puedes encontrarlo en misa los miércoles a las 8 a.m. y domingos a las 7 p.m., es conocido por su actitud de servir, humilde y alegre.

“Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y nosotros estamos completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:9-10).

Perla Yamilet Larreta Amaya.